Los samaritanos durante más de 2.700 años han vivido al margen del mundo.
Han sido perseguidos, masacrados y vendidos como esclavos por no renegar de su fe y mantenerse fieles a sus reglas y tradiciones. Hoy, con una población de unos 700 individuos vive entre Palestina e Israel . Está amenazada por la endogamia, los samaritanos buscan en el monte Gerizim, su montaña sagrada, la fuerza para seguir adelante.
Esta historia, que se inicia en un lugar y en una época muy alejados del presente, es la de un antiguo pueblo que ha sobrevivido desde los tiempos del viejo reino de Israel –allá por el año 500 antes de Cristo–, conservando su fe y permaneciendo unido contra todas las adversidades. Éste es un impresionante relato sobre la tribu de los samaritanos, un minúsculo grupo étnico, la mitad de cuya población vive en una aislada montaña frente a la ciudad palestina de Nablús, mientras que la otra mitad vive en el centro del Estado de Israel . Una vez al año, los miembros de la tribu perdida se reúnen en la cumbre del monte Gerizim, su lugar sagrado, para rezar y celebrar un antiquísimo sacrificio ritual donde se venera la fiesta de la Pascua.
Aún puedo recordar con absoluta claridad mi primera visita a Kiryat Luza, el lugar donde se encuentra ubicado el asentamiento samaritano. Trabajaba en un proyecto fotográfico sobre las distintas culturas existentes en Israel. Abandoné Tel Aviv antes del amanecer y conduje en dirección este. Según me iba alejando de la gran ciudad, con su silueta de luces parpadeantes, las franjas de tierra aparecían ante mis ojos cada vez más anchas. Hacia la media hora de trayecto atravesé el primer puesto de control de la Fuerzas de Defensa de Israel, indicativo claro de que me disponía a entrar en Samaria, la franja occidental del río Jordán. Me encontraba en el corazón mismo de una zona montañosa donde predomina una vegetación salvaje.
A ambos lados de la carretera, los granjeros palestinos cultivan su tierra. La carretera subía serpenteando hasta la cumbre de una elevada montaña. Avancé hasta lo más alto, allí donde un pequeño letrero me indicó que había alcanzado mi destino: Shomronim (Samaritanos). Estaba a punto de entrar en contacto con una cultura única, tanto desde un punto de vista étnico como religioso, un pueblo que había sobrevivido los últimos 2.700 años a todo tipo de ataques, incluidos terribles persecuciones a causa de su fe.
Historia de los samaritanos
Existe una gran controversia respecto a los orígenes de los samaritanos. A la muerte del rey Salomón, en el 977 a. C. se produce el gran cisma del pueblo de Israel. Tan sólo las tribus de Judá y Benjamín deciden permanecer fieles a la dinastía del rey David, creando el llamado reino de Judá, con Jerusalén como capital. Las otras diez tribus restantes formarían el reino de Israel, siendo su capital Samaria (Shomrón). Una corriente de pensamiento, propugnada por distintos investigadores del pueblo de Israel, sostiene que los samaritanos provienen precisamente de dos de las tribus del reino de Israel, las de Efraín y Manasés, pero que no se dispersaron junto al resto de las tribus tras la conquista asiria y su posterior exilio por todo el imperio en 722 a. C. Sin embargo, existe otra corriente de pensamiento que afirma que los samaritanos no forman parte de las tribus de Israel, sino que fueron conducidos hasta allí por los asirios para repoblar la zona en torno al año 800 a. C.
Estos nuevos habitantes, idólatras en origen, se mezclaron con los israelitas que no habían marchado al exilio. Juntos constituyeron una comunidad que no era ni pagana ni judía: los samaritanos. A los miembros de esta comunidad también se les denomina cuteos, dado que su origen se ubicaba en un lugar llamado Cut o Cuta, en las proximidades de Babilonia. Según parece, esta nueva población terminaría aceptando la Torá, la ley de Israel, pero sin integrarse realmente con el pueblo judío . Es bastante posible que la verdad del origen del pueblo samaritano se encuentre a medio camino entre ambas teorías.
Hacia el 540 a. C., las tribus de Israel regresaron a su tierra tras la conquista de Babilonia por parte de Ciro. Sin embargo, una vez allí, consideraron a los samaritanos un pueblo extranjero, rechazando incluso su ayuda para la reconstrucción del Templo de Jerusalén y dando comienzo a un enfrentamiento entre ambas comunidades que se extenderá a lo largo de los siglos. Tras años de vida nómada , los samaritanos elaboraron una fe basada en la Torá judía, pero sustancialmente diferente: se consideran hijos de Israel y guardianes de la auténtica Torá, de ahí que el término shomrim (guardián) aluda a su condición de garantes de la verdadera tradición de la ley que el Señor entregó a Moisés, y el reconocimiento de éste como su único profeta. Su religión se asienta sobre cuatro principios básicos: un sólo Dios, un único profeta, Moisés, la creencia en los libros del Pentateuco y la existencia de un lugar sagrado, el monte Gerizim, la casa de Dios. Los samaritanos se reconocen por tanto como parte del pueblo hebreo, pero no del pueblo judío.
La endogamia en los samaritanos
Durante generaciones, la tierra de Israel fue gobernada por diferentes imperios (romano, bizantino…) y los samaritanos, que llegaron a tener una población de más de cuatro millones de personas en el año 400 de la era cristiana, fueron perseguidos, masacrados y vendidos como esclavos por rehusar convertirse a la religión dominante. En el siglo XII, su número se redujo a unos 2.000 individuos y, en 1919, se estima que eran menos de 150. Cuando fue proclamado el Estado de Israel , en 1948, tan sólo quedaban 200.
El tamaño tan reducido de la población samaritana, su endogamia y el tradicional rechazo a aceptar conversos ha acabado provocando graves enfermedades genéticas en la comunidad, que a punto han estado de acabar con ella. Para combatir ese problema, en las últimas décadas los sacerdotes han autorizado a los hombres a casarse con mujeres judías, a condición de que éstas acepten las costumbres samaritanas, salvándoles así de una segura desaparición. En la actualidad, los samaritanos son unos 700 individuos. Habitan principalmente en dos lugares: Kiryat Luza, situado frente a la ciudad palestina de Nablús, y en Jolón, un asentamiento creado en 1954 por el que fuera segundo presidente del estado judío, Yitzjak Ben-Zvi, y situado en el centro de Israel. La mitad de la comunidad está considerada como residente en el territorio de la Autoridad Palestina y sus miembros hablan árabe en lugar de hebreo, mientras que la otra mitad tiene carné de identidad israelí y habla hebreo como lengua nativa. Aunque tradicionalmente los samaritanos se han mantenido al margen del conflicto palestino-israelí, en la actualidad la tendencia parece cambiar ya que los residentes de Kiryat Luza se sienten obligados a apoyar a los palestinos, mientras que los samaritanos del lado israelí, por su parte, sienten la necesidad de mostrar su lealtad al Estado de Israel, enrolándose muchos de ellos en las fuerzas armadas israelíes. Con ello, su visión política hasta ahora siempre ha estado del lado del que domina el monte: otomanos, británicos, jordanos (tras la guerra de 1948 los montes de Samaria quedaron bajo control jordano), israelíes… y quién sabe si quizá mañana, palestinos.
El Buen samaritano
Al amanecer, me encuentro a la entrada del asentamiento samaritano de Kiryat Luza. Desciendo por las estrechas callejuelas envuelto por el melódico y gutural susurro de las oraciones de la sinagoga local. Para no perturbar sus oraciones, me detengo a la puerta misma de la casa de oración y observo a los asistentes vestidos de blanco y tocados con un fez carmesí. “Bienvenido al hogar de los samaritanos”, me dice un anciano, al tiempo que me invita a sentarme en una esquina de la sala de oración. Desde mi privilegiada posición puedo ver el texto sagrado de los samaritanos, respetuosamente desplegado en la cabecera del templo. Los escritos sagrados, redactados sobre pergamino en signos muy similares al hebreo de la época bíblica y en arameo, y según los samaritanos escritos en época de Josué, están formados por una versión de la Torá judía y por descripciones de rituales procedentes de otras religiones.
Mientras los observo rezar no puedo evitar recordar la historia del “buen samaritano” que un cristiano devoto me contara unos meses atrás. En la parábola del Nuevo Testamento (Lucas 10, 25-37), Jesús relata la historia del judío asaltado por unos ladrones en su camino de Jerusalén a Jericó. Tras arrebatarle todas sus pertenencias lo abandonan a un lado del camino. Pasó por allí un sacerdote y, al ver al hombre que había sido robado, cruzó al otro lado de la carretera. Un levita hizo lo mismo. Pero un samaritano, lleno de compasión, se acercó a aquel hombre, vertió vino y aceite sobre sus heridas y se las vendó. Luego, montó al hombre en su asno, llevándolo hasta una posada cercana donde pidió al posadero que cuidara de él. Antes de continuar su camino, el samaritano entregó algunas monedas al posadero prometiendo entregar más dinero a su regreso si así lo requerían los cuidados.
Las fiestas y rituales de los samaritanos
Aquella tarde, el asentamiento samaritano estaba impregnado de un espíritu festivo. Los jóvenes se acercaban a las puertas de sus rabinos, los cohanim, sus líderes espirituales, para recibir de ellos la bendición por la Pascua, la fiesta que rememora la salida del pueblo judío desde Egipto hasta su llegada a la tierra de Israel. Tras las bendiciones, los hombres de la comunidad se reúnen en torno a la gran plaza situada en el centro del asentamiento, trayendo consigo ramas de todos los tamaños. En la plaza hay excavados unos profundos pozos que serán utilizados como gigantescos hornos de sacrificio. A la caída de la tarde, los congregados se unen a los cohanim.Decenas de gargantas entonan sonoros cantos en una especie de trance colectivo. El sumo sacerdote inicia entonces la oración para el sacrificio, ceremonia que se prolongará hasta la puesta del sol. La oración, proclamada en un lenguaje poético, mezcla de hebreo y arameo del primer milenio antes de Cristo, posee un estilo musical único al que es imposible no sucumbir. Los samaritanos, por su parte, sostienen que estas melodías son parte de la música israelita antigua transmitida de generación en generación hasta el presente.
Cae la noche; el sacerdote principal, puesto en pie, exhorta a la congregación a llevar los corderos hasta el altar del sacrificio. Elevando su mano hacia el cielo, exclama: “Y todos los de Israel realizarán el sacrificio”.
Rápidamente, el lugar de oración se transforma en un sanguinolento escenario; uno tras otro los corderos son degollados con un rápido y certero tajo del cuchillo, dejándolos desangrarse sobre el suelo. En memoria de la huida de Egipto del pueblo de Israel, los primogénitos son marcados con la sangre de los animales. Los samaritanos interpretan esa marca como una rogativa por un futuro más prometedor, especialmente en un área donde el derramamiento de sangre , tanto de israelíes como de palestinos, ha sido una constante en las últimas décadas.
Tras haber sido sacrificados, los corderos son ensartados en largos espetones de madera. Cuatro horas después, los espetones son retirados y un delicioso aroma a carne asada lo invade todo. Las familias que han asistido a la ceremonia reciben parte del cordero que, colocado en un gran recipiente, llevarán a la intimidad de sus hogares, donde lo comerán.
Rito ancestral en el Monte Gerizim
De regreso a Tel Aviv, al final de la jornada, pienso en la forma en que los samaritanos han conseguido mantenerse unidos. Reflexiono si su secular aislamiento no será también la razón de su unidad y la garantía de la continuidad de su existencia. Conservan celosamente su modo de vida gracias, al parecer, a su proximidad y su contacto con el monte Gerizim, al que llaman “la colina del universo”. Ésa es la razón por la que los samaritanos, durante muchos años, han estado comprando tierra en los valles que rodean la montaña. Lo hacen con la esperanza de que esas adquisiciones refuercen los vínculos con el lugar sagrado del que obtienen su fuerza.
En el séptimo día de la fiesta regresé a Kiryat Luza para presenciar la culminación del rito ancestral: el ascenso a pie a los lugares sagrados de la cima del monte Gerizim. De acuerdo con la tradición samaritana, éste es el lugar en el que Josué y las tribus de Israel se asentaron y donde tuvo lugar la alianza con Isaac (Génesis 22, 1-19). A las cuatro de la madrugada, con las primeras luces del alba, los samaritanos abandonan la sinagoga entonando su antigua “canción del mar”, la misma canción que Moisés y el pueblo de Israel cantaron al salir de Egipto. Al alcanzar la cumbre del monte, los caminantes se separan en dos grupos, simbolizando la separación de las aguas del mar Rojo. En el camino abierto, el sacerdote pasa entre ellos portando en las manos el texto sagrado. En ese momento me siento un extraño entre los samaritanos orantes; observo perplejo la espectacular ceremonia de un pueblo extinto, sin entender una palabra pero al mismo tiempo entendiéndolo todo.
Amanecer samaritano
La intensa luz de la mañana inunda las montañas, iluminándolo todo de largas sombras color esmeralda. Uno a uno, los creyentes se dispersan emprendiendo el camino de sus casas. Me quedo sólo en la cima de la montaña, con la ciudad palestina de Nablús a mi izquierda y el asentamiento judío de Bracha a mi derecha. En medio, como un juez ancestral, los samaritanos, un pueblo antiguo que lucha por sobrevivir en un mundo moderno, con sus borrosas fronteras entre el bien y el mal, entre lo permitido y lo prohibido. Un mundo que cada vez atrae más a sus jóvenes, amenazando así a la comunidad con una pronta extinción.

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