Intentar resumir la doctrina de salvación del apóstol Pablo dentro de los límites de un ensayo breve pudiera parecer una locura. Sin embargo, tenemos que intentarlo.

La forma de Pablo para predicar el Evangelio viene de la convicción de que Jesús de Nazaret es el “Mesías”, el Hijo de Dios prometido, a quien Dios envió al mundo “en la plenitud del tiempo” para cumplir las promesas a Su pueblo, Israel (2 Cor. 1:18–22; 6:2; Gal. 4:4). El mensaje magno de la predicación de Pablo es el “misterio” del Evangelio de Jesucristo (Col. 1:26; Rom. 16:26; 2 Tim. 1:10). Aunque con anterioridad este misterio había permanecido oculto, ahora le fue confiado a él y a los otros apóstoles, considerados como “los administradores de los misterios de Dios” (1 Cor. 4:1; Ef. 3:2ff.).

Esta convicción Paulina ayuda a aclarar la relación entre sus enseñanzas relacionadas con la salvación y las enseñanzas de Jesucristo en los Evangelios. Así como Cristo enfatizó la llegada del reino de Dios, introduciendo las bendiciones de “la era venidera” en “esta era”, así también Pablo enfatiza la llegada de Jesucristo como el instrumento a través del cual Dios concede las bendiciones de salvación a Su pueblo. La enseñanza de Jesús en los Evangelios es similar a una obertura musical, que anuncia el tema de todo el Nuevo Testamento: el reino de Dios está “muy cerca”. Las predicaciones de Pablo desarrollan este tema dando una explicación exhaustiva de las bendiciones de salvación del reino.
¿Pero cómo explica el apóstol la salvación que Cristo nos trae? ¿Qué ha logrado Cristo con Su muerte y resurrección que otorga la redención de aquellos que Le pertenecen?
Pablo resume su respuesta a esta pregunta en 1 Corintios 15:3–4: “Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras”. Este resumen es similar a otros que encontramos en las epístolas de Pablo (ver 1 Cor. 2:2; Gal. 6:14). En estos pasajes declara que el Evangelio que él predica se centra en la muerte y resurrección expiatorias de Jesucristo.

En las epístolas de Pablo, se utilizan muchos temas bíblicos para designar diferentes aspectos de la salvación que Cristo ha conseguido para los creyentes. Los temas principales que Pablo usa para describir las tareas de la expiación de Cristo incluyen: Primero, “sacrificio” para o “expiación” de la culpa del pecado humano; Segundo, “propiciación” de la ira divina de Dios contra Sus criaturas pecadoras; Tercero, “reconciliación” o paz con Dios; Cuarto, “redención” de la maldición y condena de la Ley; y Quinto, “victoria” sobre el pecado, la muerte y todos los poderes que se oponen al reino de Dios.

Es indiscutible que Pablo entiende la muerte de Cristo como un ‘sacrificio’ por el pecado. En 1 Corintios 15:3, declara que Cristo murió “por nuestros pecados”. En otro pasaje, dice que Dios mandó a Su propio Hijo “en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado” (Rom. 8:3). También enseña que la muerte de Cristo fue una ‘propiciación’ de la ira de Dios. En Su santidad, Dios únicamente puede detestar el pecado, sin embargo, la belleza del Evangelio reside en que Él Mismo propicia tiernamente Su ira mediante la muerte de Su propio hijo (Rom. 3:25; 5:9−10; 2 Cor. 5:21). La expiación de Cristo es también una obra de ‘reconciliación’. Con Su muerte ha eliminado todos los obstáculos para que el pecador pueda encontrar la paz con Dios.

Este trabajo de reconciliación incluye aspectos dirigidos tanto hacia Dios como hacia los hombres. No solo elimina los obstáculos causantes de la ira de Dios (Rom. 5:9–10), sino que además llama al pecador a que se ‘reconcilie’ con Él (2 Cor. 5:20). El tema de la ‘redención’ también figura con prominencia en la manera que tiene Pablo de entender la expiación de Cristo. La idea bíblica de la redención enfatiza el pago de un precio para asegurar que el pecador queda libre de cualquier esclavitud (1 Tim. 2:5–6). En una de sus afirmaciones más claras de la expiación de Cristo como tarea de redención, el apóstol declara que “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición” (Gal. 3:13). Finalmente, una característica que se pasa por alto del trabajo de expiación de Cristo es la ‘victoria’ que se consigue sobre el poder del pecado, de la muerte y, ciertamente sobre cualquier forma de oposición al reinado de Dios (1 Cor. 15:54–57). Con Su muerte y resurrección, Cristo desarmó los poderes que se oponen al reino de Dios (Col. 2:13–15).

Indudablemente, el mensaje principal de la predicación de Pablo es que Dios ha entrado en la historia representado por Su Hijo Jesucristo, cuya muerte y resurrección expiatorias han traído la salvación. Sin embargo, el Evangelio según San Pablo también incluye la aplicación de la salvación en Cristo para los creyentes que están unidos a Él por el ministerio de Su Espíritu. Aunque Pablo no expresa explícitamente un “orden de salvación” (ordo salutis), las primeras nociones de tal orden son evidentes en sus epístolas (ver Rom. 8:30; 1 Cor. 1:30; 6:11).

La manera más general en que Pablo describe la aplicación de la salvación de los creyentes es mediante su ‘unión con Cristo’. Cuando los creyentes se unen a Él a través del ministerio de Su Espíritu, reciben plenamente todas las ventajas de la obra expiatoria que Cristo realizó por ellos (Rom. 8:2,11; 1 Cor. 6:11; Ef. 4:30).

Para el propósito de nuestro breve resumen, hay tres beneficios en la unión con Cristo que son especialmente importantes en la manera que tiene Pablo de entender la aplicación de la salvación: justificación gratuita, santificación por el Espíritu y glorificación.

Justificación libre. Ya advertimos en nuestra introducción que, en algunos círculos, a menudo se encuentra oposición al énfasis que Pablo le da a la unión con Cristo sobre sus enseñanzas acerca de la justificación forense. Sin embargo, esto es un gran error. La Reforma estaba sin duda en lo correcto al afirmar que una de las características principales de las enseñanzas de Pablo fue la doctrina de justificación sólo por la gracia a través únicamente de la fe. Además, contrario a las afirmaciones de autores de “nueva perspectiva” sobre Pablo, él ve claramente la justificación como un tema “soteriológico”. La justificación sencillamente no responde a la pregunta de si los gentiles también pertenecen, junto con los judíos, al grupo de gente en el convenio de Dios, como muchos de los autores de nueva perspectiva afirman. Responde fundamentalmente a la pregunta de cómo cualquier pecador, judío o gentil, puede encontrar la aprobación de Dios a pesar de su pecado y su culpa.

Según Pablo, la justificación es un acto misericordioso de Dios mediante el cual Él perdona los pecados de los creyentes y los declara justos, basándose en la imputación de rectitud de Cristo (Rom. 4:1–5; 5:15–17; 10:3; 2 Cor. 5:21; Fil. 3:9). Aunque todos somos pecadores, Cristo fue condenado por los pecados de Su pueblo y resucitó para su justificación (Rom. 4:25). Aparte de otros “trabajos” realizados en obediencia de la Ley, Dios justifica a aquellos que reciben a Cristo a través de la fe (Rom. 3:28; Gal. 2:16). El beneficio de la justificación es una bendición de salvación perfectamente escatológica que declara que “no hay condenación para aquellos unidos a Jesucristo” (Rom. 8:1).

Santificación por el Espíritu. Todos aquellos unidos a Cristo están llenos de Su Espíritu que les da vida (Rom. 8:4–11). A los creyentes no sólo se les declara justos, sino que además se transforman según la imagen de Cristo (2 Cor. 3:17–18). El poder y el reinado del pecado se rompen. Mediante su unión con Cristo en Su muerte y resurrección, los creyentes se pueden ahora considerar muertos para el pecado y vivos para la rectitud (Rom. 6:12–14). El nuevo estatus del que disfrutan (justificación) va siempre acompañado por una vida de obediencia renovada, obrada en ellos por el Espíritu de Cristo (santificación).

Glorificación. Aunque tradicionalmente la glorificación se considera la consumación futura de la salvación del creyente, Pablo habla de ella como una realidad presente y futura (Rom. 8:18ff., 30). Por la unión íntima de los creyentes con Cristo, la glorificación de Éste en Su resurrección y ascensión es también la glorificación de los creyentes. Ya en estos momentos creyentes se sientan con Cristo en los cielos (Ef. 2:6). Sin embargo, todavía queda la expectación de una glorificación futura (2 Tes. 1:10). Mientras vivan en este mundo, los creyentes esperarán con ansiedad el día en que sus “cuerpos de humillación” se transformarán para ser como el cuerpo glorioso de Cristo (Fil. 3:21).

El Evangelio según San Pablo se puede resumir como el mensaje glorioso del cumplimiento por parte de Dios de Sus promesas de salvación para Su gente en Cristo. El mensaje principal de todas las predicaciones de Pablo es la salvación a través de la crucifixión y resurrección de Cristo, que ha proporcionado una expiación para los pecados de Su pueblo que responde a todos los aspectos de su condición pecadora. A través de su fe y unión con Cristo, los creyentes se benefician de esta labor de expiación. En las palabras extraordinarias de 2 Corintios 5:17: “Cuando alguien se convierte a Cristo, se convierte en una nueva criatura. Su existencia anterior queda atrás y comienza una nueva vida.”

Aquellos que se convierten a Cristo disfrutan de un nuevo estatus de aceptación libre con Dios, a pesar de ser indignos por ser pecadores. También experimentan una nueva vida de obediencia de la “ley de Cristo” por obra del Espíritu Santo. Y conocen tanto la gracia del presente como la glorificación futura, cuando se produzcan los “primeros frutos” de la salvación en Cristo en la cosecha escatológica de la participación completa en la victoria de Su resurrección.

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