El predicador:
Es el orador que predica o declara la Palabra de Dios, y su predicación es la proclamación de la palabra de Dios a los hombres por mandato de Dios. El es el medio ordenado para la transmisión de la palabra de Dios al mundo y sirve también como un medio de gracia oficial para la edificación de la iglesia de Cristo y es por ello que existen tres citas bíblicas que lo cualifican como tal.

• 1/Tim, 2:7 “Para esto yo fui constituido predicador…”
• 2/Tim, 1:11 “del cual yo fui constituido predicador…”
• 2/Tim, 2:15 “procura presentarte ante Dios aprobado…”

EL PREDICADOR DEBE ESTAR CONVERTIDO

El que un predicador del Evangelio sea ante todo participante de él, es una verdad simple, pero al mismo tiempo una regla de la mayor importancia.
Una piedad sincera y verdadera es necesaria como el primer requisito indispensable. Sea cual fuere el “llamamiento” que alguien pretenda haber recibido, si no ha sido llamado a la santidad, puede asegurarse que no lo a sido para el ministerio.
Los rabinos Judíos dicen; “Atavíate primero a ti mismo, y adorna después a tu hermano,”
Y un hombre llamado Gregorio de la segunda era cristiana dijo; La mano que trata de limpiar algo, tiene primero que estar limpia”. Lo que significa que la conversión debe ser una cosa real en el predicador.

Notemos:
¡Cuan horrible es ser predicador del Evangelio y no estar sin embargo convertido! Que cada uno se diga en secreto desde lo más recóndito de su alma:” ¡Qué cosa tan terrible será para mí el vivir ignorante del poder de la verdad que me estoy preparando a proclamar!”.
Un predicador inconverso envuelve en él la más patente contradicción. Un predicador destituido de gracia es semejante a un ciego elegido para dar clases de ópticas, que filosofara acerca de la luz y la visión, disertará sobre ese asunto, y tratara de hacer distinguir a los demás las delicadas sombras y matices de los colores del prisma, estando él sumergido en la más profunda oscuridad.
El predicador, conciente y voluntario, es el embajador de Dios; porque da de gracia a los hombres aquello de que de gracia recibe, por la iluminación de su espíritu; y no cumple su misión por vanagloria y como asalariado, y predica únicamente sus propias
Opiniones y sentimientos, porque si así lo hace entonces el púlpito se convierte en un mero exhibicionismo del comercio y la farsa, farsa que la iglesia deberá librarse cuando antes, pues, si lo tolera, serán almas confiadas a su cuidado.
Posición en el púlpito

Al predicar, adopte una posición natural, procurando dominarse de tal modo que no este tieso, por una parte, ni excesivamente movible por la otra. No esté paseándose constantemente de un extremo al otro de la plataforma, y al estar firme, evite estar doblando una o ambas piernas a la vez o canteando los pies como que no quisiera pararse en las plantas. Jamás mueva el cuerpo sobre los pies firmes, balanceándose hacia adelante, atrás o hacia los lados como que fuera péndulo de un reloj de pared.

Aparte de los ademanes necesarios, procure cultivar el reposo. No se truene los dedos, se limpie las uñas, ni acaricie uno de los botones de su saco como procurando arrancarlo. Tampoco se ajuste frecuentemente sus lentes (si los usa). No juegue con su pañuelo, ni meta sus manos en los bolsillos, ni mucho menos juegue con objetos que en ellos lleve, como llaves, dinero, etc.

También evite recostarse sobre el púlpito, y nunca ponga sus manos sobre la cintura dejando sus brazos en forma de orejas de jarro. No se abroche y desabroche el saco, ni esté constantemente subiéndose los pantalones, dando la impresión de que los tiene flojos.

Con un poco de atención a estas cosas, usted logrará una apariencia y posición correctas y decentes.
LA VOZ EN LA PREDICACIÓN
Es muy claro que sin la voz es materialmente imposible predicar. Es necesario, pues, utilizar este precioso instrumento de la mejor manera posible cuando predicamos el mensaje del Señor. En forma muy sencilla daremos aquí algunas indicaciones.
1. La voz debe ser audible, es decir, que se pueda oír en todos los ámbitos del local. Siendo que predicamos para que la gente oiga, debemos evitar hablar tan suave que muchos se queden adivinando lo que dijimos.
2. La pronunciación de las palabras debe ser clara. Esto se logra poniendo especial cuidado en ello, para que no haya palabras dichas a medias. Muchas veces la mala pronunciación resulta de una excesiva velocidad al hablar.
3. Aunque la voz debe ser flexible según la expresión que tengamos que imprimirle a lo que decimos, no permitamos un deslizamiento de volumen de manera que se vaya extinguiendo a medida que va finalizando el párrafo o período hasta que ya la última palabra no se oiga.
4. Deben evitarse los gritos, especialmente si el auditorio es pequeño, puesto que ello es desagradable a los oyentes, y además se maltrata la garganta de tal modo que al terminar, casi siempre, estará difonico.
5. No hay que afectar el tono de voz, como que está llorando o declamando. El predicador que siempre declama su mensaje hace que éste pierda fuerza. El que parece llorar denota debilidad. Ante todo debemos demostrar la naturalidad.
LA ACTITUD DEL PREDICADOR EN EL PÚLPITO
Mucho del éxito del mensaje depende de la actitud que el predicador presente al estar frente a su auditorio. Hay algunas actitudes incorrectas e inconvenientes que serán bueno apuntar para evitarlas.
1. Una actitud pretenciosa. Se puede manifestar por gestos y por expresiones o palabras con los cuales se dé la impresión de que uno es demasiado capaz para el oficio que está ejerciendo. Si usa un lenguaje o expresiones que bien sabe son incomprensibles a su auditorio, muestra con ello una actitud pretenciosa.
2. Una actitud de superioridad. Si usted comienza diciendo que espera que sus oyentes puedan entender el “difícil” asunto que va a tratar, les hará sentirse inferiores a usted y seguramente no le oirán con gusto.
3. Una actitud indiferente. Esta se muestra muchas veces por no levantar jamás su rostro para mirar a su auditorio, como si sólo predicara para sí mismo.
4. Una actitud egoísta. Se puede ver cuando el predicador hace demasiadas alusiones a propia persona, a sus éxitos, a su educación, etc.
5. Una actitud descuidada. No comience pidiendo disculpas por la pobreza de su sermón que va a predicar, o comenzando a hablar de generalidades de poca importancia. El descuido en su preparación saltará a la vista y el auditorio nunca excusa al predicador descuidado.

LA VARIEDAD EN LA PREDICACIÓN

Un aspecto muy importante del ministerio de la predicación es de proveer a nuestros oyentes una variedad en la predicación. La monotonía en la predicación es algo que tenemos que evitar si vamos a tener éxito en el Ministerio cristiano. Esta variedad deseada se puede obtener si observamos las siguientes sugerencias.
1. Mantener un énfasis equilibrado sobre todas las doctrinas. Hay muchas doctrinas bíblicas que deben ser predicadas. El predicador debe tener cuidado de no predicar todos sus sermones sobre “El Arrepentimiento” o “La Necesidad de ser Salvo”. Hay mucho más en la Biblia que sólo estas doctrinas. Procure balancear sus mensajes de modo que al cabo de un año, habrá predicado sobre todas las doctrinas básicas de la fe cristiana.
2. Usar toda clase de textos bíblicos. El predicador debe predicar de toda la Biblia, no solamente de los Salmos o de los Evangelios. Si queremos tener un ministerio fructífero debemos estar buscando los “tesoros escondidos” de toda la Biblia y prepararlos para presentarlos a nuestra congregación.
El Predicador debe usar todos estos tipos de mensajes, pero el más provechoso es el sermón expositivo. Cuesta más la preparación, pero es de mayor beneficio tanto al predicador como para los oyentes.
PREPARANDO LA PREDICACIÓN
Una de las principales razones por qué hay tanta monotonía y falta de cualidad en muchos púlpitos es por falta de tener un plan. Uno de los pasos más saludables que un predicador puede tomar es dedicarse a la proyección de un plan definido para su ministerio desde el púlpito.
Una de las grandes tragedias del púlpito es que muchos predican sin tener un plan, y esperan que en el momento el Señor les dé lo que deben decir. Pero ni el Señor, ni el Espíritu Santo pueden honrar la pereza. Algunos alegan que un plan estorba la dirección del Espíritu Santo. Pero esto es lejos de la verdad. El Espíritu Santo no está limitado a dirigir al predicador sólo está haciendo su plan de predicación.

CÓMO HACER UN PLAN DE PREDICACIÓN
1. Orar, pidiendo la voluntad y dirección de Dios. Recordemos que el propósito principal de tener un plan de predicación es servir mejor a las necesidades espirituales de nuestra congregación. Pero sólo Dios sabe en realidad cuáles son estas necesidades. Por eso tenemos que buscar la dirección divina.
a. Escriba la preparación del mensajes a fin de poderlo grabar más fácilmente
b. Revise los sermones que ha predicado durante los últimos tres meses. Esto evitará que siga una rutina o que predique del mismo tema.
c. Tenga presente que los mensajes deben abarcar todas las doctrinas y los propósitos de la predicación cristiana.
d. Tome en cuentas los eventos especiales en el calendario, como “Día de la Madre”, “Día de la Biblia”, “Día X”. Así podrá incluir en su plan algo apropiado para ese día.
e. Considere la posibilidad de una serie de mensajes sobre algún libro de la Biblia, o sobre algún tema de importancia. La serie basada en un libro o epístola es de muy grande beneficio.
LA PRESENTACIÓN PERSONAL
En esto de la presentación personal he de apoyarme en dos citas bíblicas que son de mucha importancia en la presentación del mensaje y el aspecto físico del predicador. 2/Samuel, 12:20 y Ezequiel, 44:18
Porque una apariencia y postura incorrectas pueden causar tan mala impresión en los oyentes que les haga perder la atención, el interés y aun el provecho del sermón. Por lo tanto es bueno tomar en cuenta algunas indicaciones al respecto.
Conclusión
Después de los asuntos tratados en las últimas lecciones, algún estudiante podría sentirse amedrentado o cohibido, pensando que es demasiado difícil predicar bien. Recuerde, sin embargo, que esas recomendaciones sirven únicamente para MEJORAR lo bueno que ya tiene en el llamamiento que ha recibido del Señor a predicar su Palabra.

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