Rom, 6 trata de la conversión bajo la figura de la muerte, sepultura y resurrección. Como Cristo murió física¬mente debemos morir al pecado (separarse del pecado); como Cristo fue sepultado, debemos ser sepultados en el bautismo; y como Cristo resucitó, debe¬mos resucitar para vida nueva.
Pablo hace la pregunta de Rom. 6:1 ¿Continuaremos en pecado para que la gracia abunde? porque afirmó en 5:20 que “donde abundó el pecado, so¬breabundó la gracia”. No debemos abusar de la gracia.
6:2 — “En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?”
A. ¿Continuar en el pecado? De ningún modo, porque hemos muerto al pecado. En este capítulo el pecado se pinta como amo y el pecador como el es¬clavo.
B. Habíamos sido esclavos del amo “pecado”, pero ya hemos muerto. El amo ya perdió algunos esclavos, pues murieron. El esclavo muerto ya no sigue sirviendo su amo.
6:3 — “¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús hemos sido bautizados en su muerte?”
A. Hemos sido bautizados “en” Cristo Jesús, por su autoridad, para obtener el perdón de pecados (Hech. 2:38), para ser agradable a Él, para entrar en una relación favorable con El, y agregados a El (Hech. 11:24).
B. Por lo tanto, también hemos sido bautizados en su muerte. ¿Por qué murió Jesucristo? Para quitar nuestros pecados (Jn. 1:29; 1/Ped. 2:24). Si queremos ser participantes de los beneficios de su muerte, tenemos que estar unidos con El en su muerte. La muerte de El tiene que representar la muerte nuestra al pecado.
C. Somos participantes con Cristo, pues, tanto de su muerte como de su vida. De hecho si no somos participantes de su muerte, es imposible ser participantes de su vida.
6:4 — “Porque somos sepultados jun¬tamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo re¬sucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva”.
A. El bautismo proclama clara y fuertemente nuestra muerte al pecado. Si no hace esto no es válido, porque así es su diseño y propósito. Proclama nuestra obli¬gación de dejar para siempre el servicio al cruel amo a quién servíamos. No podemos servir a dos maestros (Mat. 6:24). Termi¬namos el servicio a un maestro para ser esclavo de otro.
B. El bautismo se efectúa en un breve momento. El pecador muerto es sepultado en el agua e instantáneamente es levantado. No es posible físicamente que se detenga más en el agua, y no serviría para ningún propósito. Un ins¬tante de estar sepultado es tan válido y eficaz como una hora o un día. Además hay urgencia de que de inmediato se le¬vante para completar su obediencia y em¬piece su nueva vida.
(Aquí cabe una palabra de precau¬ción: el hermano que bautice al candidato debe estar seguro que haya completa sepultura de todo el cuerpo, desde el ca¬bello hasta los pies, no descuidando bra¬zos y manos. A veces se bautiza en muy poca agua y es casi imposible sepultar a la persona. Puede haber problema también si el agua está bien fría. En tal caso se debe buscar lugar más apropiado, Jn. 3:23).
C. Pero el punto principal es que sólo sepultamos a personas muertas. El
Bautismo no es, como dice el himno, “mi señal de salvación” (es doctrina
Bautista), pero el bautismo sí es sello de nuestra muerte al pecado, por la sencilla razón de que no se sepultan personas vivas.
D. No se sepulta solamente el cuerpo. El hombre interior que vive en el cuerpo y lo controla muere al pecado. Es lo que significa la palabra “arrepentimiento”, cambio de corazón con el propósito firme de cambiar la vida. Se debe sepultar el ser entero.
E. Pero si no morimos al pecado, es imposible ser resucitado para vida nueva. Los que no llevan nueva vida dan eviden¬cia de que no murieron.
F. Morimos como pecadores, y resuci¬tamos como santos.
6:5 — “Porque si fuimos plantados jun¬tamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección”.
A. No podemos estar unidos (identificados) con Cristo en su resurrec¬ción si no nos unimos con El en su muerte.
B. Cristo murió con respecto al pecado, no por ser pecador El mismo (Heb. 4:15), sino para destruir el poder del pecado. En el bautismo estamos unidos con Cristo en esa muerte, pero nuestro bautismo es un engaño si no hemos muerto al pecado. En ese caso no tiene sentido, es una ceremonia vana.
C. No resucitamos con la gloria del cuerpo resucitado de Jesús, pero sí hay semejanza, y luego en “aquél día” en la resurrección física tendremos cuerpos es¬pirituales (1/Cor. 15:44) y podremos com¬partir su gloria (Fil. 3:21).
6:6 — “sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido (“reducido a la impotencia”, margen, Biblia de las Américas), a fin de que no sirvamos más al pecado”.
A. El “viejo hombre” significa el ser o la persona que éramos como esclavos del pecado. Se refiere a la vida pasada que fue crucificada con Cristo. Fue clavada a su cruz para ser destruida, hecha impo¬tente. Debemos ser prácticos en la apli¬cación de este texto. Se aplica, por ejem¬plo, a las siguientes cosas:
1. Requiere que se deje todo error, religión falsa, y tradición humana, cosas que hacen muy carnal al “viejo hombre”.
2. Requiere que el egoísmo (“lo que yo quiero”) se crucifique. Ahora el tiempo, los recursos, los talentos — la vida — serán empleados no de acuerdo con “lo que yo quiero”, sino conforme a lo que Dios quiere.
3. Requiere que la relación con fa¬milia y amigos será gobernada por la vo¬luntad de Dios (Mat. 10:34-37). Incluye la relación matrimonial; ésta debe estar en armonía con Efes. 5:22-33 y Mat. 5:32; 19:9.
4. Significa que el trabajo, el negocio, los deportes, cosas materiales, etc. ocupen segundo lugar en vez de primer lugar en la vida.
5. En fin, significa que ahora pen¬saremos como Dios (“No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento” Rom. 12:2).
B. La crucifixión no es una muerte fá¬cil. No conviene predicar que es fácil ser cristiano; la Biblia no lo dice. La conver¬sión no es fácil. Cristo habló con toda franqueza sobre esto: Mat. 7:13,14; 10:34-37; 16:24; Luc. 9:57-62; 14:25-33, etc.
C. Gál. 2:20 “Con Cristo estoy junta¬mente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí”. Una persona desciende al agua del bautismo y después del bautismo otra persona sale del agua. Tiene el mismo físico, la misma cara, las mismas manos, etc. pero es otra persona, una nueva criatura (2/Cor. 5:17).
6:7 — “Porque el que ha muerto, ha sido justificado (libertado) del pecado”.
A. Quedamos libertados del amo que nos tenía esclavizados porque hemos muerto al pecado y no seguiremos a su servicio.
B. Cristo pagó el precio de nuestra redención o rescate, 1/Ped. 1:18,19.
6:8 — “Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él”. Esta vida es una realidad, una esperanza viva. Pero si no hemos muerto en verdad, ¿cuál es la base de nuestra esperanza?
6:9-11 — “sabiendo que Cristo, ha¬biendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él. Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; más en cuanto vive, para Dios vive. Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor vuestro”.
A. Cristo murió una sola vez, una vez por todas, cuando murió por nosotros. Por lo tanto nuestra muerte también debe ser final, una vez por todas. Somos bautizados una sola vez, hay una sola sepultura y una sola resurrección; por lo tanto, debe haber una sola muerte, una decisión bien hecha, una resolución fuerte y resuelta, para acabar con el pecado.
B. Lamentablemente muchos se bau¬tizan sin cambio radical de corazón. Todavía aman el pecado, no lo aborrecen como Dios lo aborrece.
6:12 — “No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo
Obedezcáis en sus concupiscencias”.
A. Todo el capítulo tiene que ver con esto: ¿Cuál de los dos amos controla nues¬tra
vida, el pecado o Cristo? Si el pecado no dejó de reinar en nuestra vida, quiere decir que no hemos muerto al pecado. En-tonces ¿por qué fuimos bautizados? ¿Cuál fue el propósito de este acto?
B. La palabra “concupiscencias” sig¬nifica los malos pensamientos y deseos de la carne, los que tuvimos cuando servimos el pecado. Son precisamente las cosas que nos convenía crucificar. A través de estos deseos nos tienta Satanás, Sant. 1:14. Pablo y los otros escritores inspirados nos advierten mucho acerca de ellos.
1. Rom. 13:14 “no proveáis para los deseos de la carne”. No proveer, no hacer provisión para satisfacerlos, sino más bien suprimirlos.
2. Gál. 5:19 “Andad en el Espíritu, y no satisfagáis (no cumpliréis) los deseos de la carne”. No satisfacerlos, no cumplirlos, sino rehusarlos.
3. Efes. 4:22 “En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hom¬bre, que está viciado (se corrompe) con¬forme a los deseos engañosos”. Despojaos de la vida pasada, quitar la ropa sucia, porque está bien contaminada por los de¬seos engañosos. Son engañosos porque prometen felicidad, placer y satisfacción pero no cumplen, sino más bien causan mucha miseria.
4. Col. 3:5 “Haced morir…malos de¬seos”.
5. Tito 2:12 “renunciando a… los de¬seos malos”.
6. 1/Ped. 2:11 “os abstengáis de los de¬seos carnales que batallan contra el alma”.
6:13-20 — “ni tampoco presentéis vues¬tros miembros al pecado…”
A. Nuestros cuerpos que han estado bajo el control del pecado ahora están bajo el control del Espíritu. Todos los miembros (ojos, manos, pies) deben ser utilizados diariamente en el servicio del Señor. Como eran instrumentos (“armas”) del pecado, ahora deben ser instrumentos o armas en la obra y milicia del Señor (6:13-16).
B. “Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; y libertados del pecado, vinisteis a ser sier¬vos de la justicia”.
C.V. 20 “Porque cuando erais es¬clavos del pecado, erais libres acerca de la justicia”. No quiere decir que los del mundo son libres de obligación con respecto a la justicia, sino que estando en el mundo servimos a un solo maestro, el pecado. No servimos a dos maestros, y no sentimos ninguna obligación de ser siervos de la justicia. Ahora conviene tener la misma actitud de servir a un solo maestro y no a dos; sirvamos solamente a la justi¬cia.
6:21-23 — “¿Pero qué fruto tenías de aquellas cosas de las cuales ahora os avergonzáis? Porque el fin de ellas es muerte. Mas ahora…tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna. Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro”.
A. Todo servicio tiene su recompensa. Ahora nos avergonzamos del fruto que lle¬vamos cuando vivimos en el mundo. Los que viven en el mundo deben recono¬cer que el fruto que llevan es vergonzoso. No deben sentirse nada orgullosos, sino avergonzados. Porque el fin de tal vida es la muerte.
B. Por último, recordando que el fruto que llevamos es la hermosa santificación, debemos amar a Dios y servirle de todo corazón. Como habíamos servido con ganas al pecado, ahora con más entu¬siasmo sirvamos al Señor.
C. Porque el gran día de pago viene. Todos recibirán su recompensa (2/Cor. 5:10; 2/Tes. 1:6-9).

Conclusión:
En Rom. 6 Pablo refuta la idea de continuar en el pecado después de ser salvo por la gracia de Dios. La razón es sencilla y obvia. El bautismo implica fuertemente que uno ha muerto con Cristo al pecado; es por eso que uno es bautizado. El que muere (al pecado) debe ser sepultado. Pero habiendo sido sepul¬tado como muerto sería absurdo que uno sea resucitado para continuar en su servi¬cio al pecado. (La aspersión no sirve para este propósito). El pecado no debe reinar, pues, en nuestra vida. Debemos dedicarnos en todo sentido al servicio de justicia.

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