En términos muy simples, podríamos decir que discernimiento es la capacidad que tienen los individuos racionales para distinguir entre lo bueno y lo malo.
Empero lo anterior, no se trata de algo tan fácil de definir en lo profundo y en la necesidad de buscar la verdad del término en lo preciso y medular.
Comenzaremos por aclarar que al referirnos a individuos racionales, estamos dejando fuera a quienes tienen algún tipo de demencia, aunque no se incluye el retraso mental, por tanto, los primeros no estarían en condiciones de ejercer la capacidad (don, carisma) del discernimiento. Asimismo, la capacidad de razonar no es inherente al discernimiento, es decir, el hecho de estar en pleno uso de las facultades mentales, no significa que tengamos discernimiento.
Hacer o tener discernimiento, necesariamente, implica emitir un juicio, por cuyo medio somos capaces de percibir y declarar la diferencia que existe entre las cosas que son objeto de nuestra observación. Lo que significa que es necesario contar con un criterio de evaluación, dicho de otra manera, una norma, regla, modelo de valores o principios considerados una autoridad moral o ética, tales como: tradiciones, filosofías o preceptos; culturales, sociales o religiosos, que nos permitan conocer la conveniencia (consecuencia) o inconveniencia (inconsecuencia) de las cosas, ideas o espíritus, sometidos a nuestro discernimiento.
• Principios Morales
• Discernimiento Ética
• Juicio Conocimiento
• Criterio

Dado lo anterior, podemos distinguir dos tipos de discernimiento a saber: discernimiento filosófico y discernimiento de espíritus. El método para discernir es el mismo para ambos tipos de discernimiento. Los principios, valores y el fin último, es lo que hace la diferencia.
Discernimiento filosófico
Con el propósito de lograr el discernimiento, la filosofía llega a fijar de manera arbitraria, modelos de conducta que, “ayudarán” a distinguir qué es bueno o qué es malo, desde un concepto absolutamente humano, careciendo de un dios; cuya norma de valores se basa exclusivamente en la acumulación de conocimientos adquiridos con el método de la observación del comportamiento humano, (etología) sus motivaciones y pensamientos, (psicología); o en la experiencia personal y/o social (sociología) a través de las fuentes que la historia reconoce como verdaderas y fiables.
El objeto de la observación filosófica, permite que el individuo que observa se forme ideas respecto del objeto, resultando esto en ideas que podrían ser buenas o malas, consecuentes o inconsecuentes. En definitiva, la filosofía, o más bien el pensamiento filosófico, discierne ideas, no cosas.
El discernimiento de ideas, ha permitido a la filosofía determinar que producto de las ideas, las personas pueden llegar a pasar al plano metafísico, es decir, trascender a través de las épocas. Esto no significa que una persona se haga inmortal, sino que sus ideas han llegado a ser tan importantes, que han trascendido el tiempo transformando a las personas y su entorno social, en temas tan profundos como los derechos de las personas, la igualdad de los seres humanos, la ciencia y la tecnología, por nombrar algunos. Para el caso de las ciencias por ejemplo, podemos citar a Pitágoras o Arquímedes, ambos de eras de antes de Cristo, cuyas enseñanzas tienen aplicación hasta nuestros días. En resumen, lo que puede llegar a ser eterno no son las personas, sino las ideas de las mismas.
Discernimiento de espíritus
En consideración a que el discernimiento exige tener un modelo de valores éticos y morales, los cristianos debemos usar el modelo que Cristo nuestro Señor nos dejó a través de sus enseñanzas, las cuales se encuentran en la Biblia; misma, que debemos tener como criterio, para distinguir entre lo que procede del Espíritu Santo y lo que procede del mal espíritu, o entre qué es bueno o malo, pero desde el punto de vista de Dios. Tomando a la Biblia, como el compendio por excelencia, de los valores morales del cristiano.
La palabra hebrea que frecuentemente se traduce discernimiento (tevu-náh) [1] está relacionada con la palabra bi-náh [2], que se traduce como entendimiento. Al igual que el entendimiento, el discernimiento implica ver o reconocer un asunto, pero resalta el llegar a distinguir los aspectos o componentes del mismo, evaluando y sopesando cada uno a la luz del criterio cristiano de manera de lograr una transformación de la persona completa; de buena a mala por decirlo de alguna manera o más bien de perdido a salvo. (Ro.12:2)
En estricto rigor, se disciernen espíritus y no cosas. Por ejemplo, no se discierne entre la carrera de pastorado y medicina, como si fuera una prueba de alternativas, sino que se discierne si mi deseo de ser pastor o médico, proviene del buen espíritu o del mal espíritu; y para ello debemos tener la seguridad que nos da la fe de contar con el Espíritu Santo, que nos dota de la capacidad de tomar conciencia, de tener entendimiento (Ef.1:18) de tomar conocimiento de nuestras faltas y pecados, como también de nuestros dones y virtudes (Jn.14:8 ss.).
Todos los cristianos en las diferentes congregaciones, especialmente en las de corte carismático como las pentecostales, neo-pentecostales y metodista pentecostales, entre otras; aspiran a recibir de Dios, algún “don” y muchos declaran tener el don de lenguas (glosolalia), al parecer el más fácil de adquirir considerando el número de cristianos que creen tenerlo, llegando incluso a discriminar a los hermanos que no hablan lenguas. Sin embargo, creo que el primer don a que debemos aspirar, es el de discernimiento de espíritus (1ª Co.12:1). Por medio de este don, podremos discernir (juzgar) qué espíritu está obrando en nosotros ante tal o cual situación.

Durante mucho tiempo se ha asociado el discernimiento de espíritus, exclusivamente con lo paranormal o con lo demoníaco. Se ha caído casi en el misticismo, dejando de lado lo que nos enseña la Palabra de Dios. Es verdad que quién tenga el don podrá distinguir los espíritus impuros y también los que provienen de Dios. El primer espíritu que debemos distinguir es el espíritu que mora en nosotros y a qué nos está guiando. Ignacio de Loyola dice que en el ser humano se distinguen tres voces internas: la voz del buen espíritu que viene de Dios, la del mal espíritu que proviene del maligno y una tercera que proviene de nuestras propias inclinaciones (concupiscencias). Por la misma razón, Pablo ya había dicho: “Examinaos a vosotros mismos, para ver si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿O no os conocéis a vosotros mismos? ¿No sabéis que Jesucristo está en vosotros? ¡A menos que estéis reprobados!” (2ª Co.13:5) (cf. 1ª Co.11:31) [3]. Teniendo esta seguridad que nos da la fe de saber que lo que tenemos viene de Dios, estaremos en condiciones de discernir sobre los espíritus de otros. (Gál.6:1) “Pero el hombre natural no percibe las cosas de Dios, porque para él son locura; y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente”. (1ª Co. 2:14). “Porque ¿quién de entre los hombres conoce las cosas del hombre, sino el espíritu que está en él? Del mismo modo, nadie conoció las cosas de Dios, sino el espíritu de Dios”. (2ª Co.2:11). Por tanto, debemos tener muy claro cuál es la voz interior que estamos escuchando. ¿Será la voz de Dios, la de su enemigo o la nuestra? ¿Cuál es el espíritu que nos está guiando? Llegar a poder emitir este juicio requiere tener un vasto conocimiento del pensamiento cristiano, de las cosas del Señor. Dicho más claramente, pero más difícil: es tener la mente de Cristo (1ª Co.2:16), pensar como Cristo frente a cualquier tema de la vida. El Espíritu Santo que está en nosotros no es exclusivamente para el culto del día domingo, sino para que guíe toda nuestra vida en todos sus aspectos, de manera absolutamente integral (Gál.5:25).
Discernir sobre los espíritus que obran en otras personas es una labor en extremo delicada, especialmente que el hecho de discernir, implica que nos vemos en la necesidad de juzgar la calidad y/o condición de un espíritu en particular. No olvidemos que la Biblia nos aconseja no juzgar, porque con la medida que juzguemos, seremos juzgados.
Por otra parte, nuestra condición íntima y personal, se verá reflejada en nuestro juicio, en nuestra forma de discernir y podría resultar que el espíritu que pretendemos juzgar, resulte juzgándonos a nosotros y poniéndonos en evidencia, por causa de nuestras tentaciones. (2ª Co.13:5) (Gál.6.1). La condición de espiritualidad de cada persona, requiere que ésta se encuentre libre de todo apego a las cosas e ideas del mundo (Gál.5:24). Quizás sea esta la razón por la que tan pocos aspiran a tener este don, o quizás sea la necesidad de tener que reunir mucho conocimiento y entendimiento sobre el espíritu cristiano que podemos encontrar en las Sagradas Escrituras. Tal vez sea en realidad, ambas razones en su conjunto.
En todo momento debemos tener presente que en la Biblia se nos muestra que desde tiempos remotos, Dios ha hecho presente que el entendimiento es clave para el conocimiento de Él (Pr.1:7; 9:10). Por otra parte, también queda de manifiesto que sólo el conocimiento lleva al entendimiento y el entendimiento es directamente proporcional a la inteligencia o dicho de otra manera; a mayor inteligencia, mayor conocimiento y mayor entendimiento.
Mociones del espíritu
Las mociones o movimientos del espíritu son los deseos profundos del alma, provenientes de las ideas que hemos experimentado respecto de aquellas cosas que nos han llamado la atención ya sea de manera positiva o negativa y que pueden llegar a hacer de nuestra alma un árbol de mucho fruto, amor y paz o por el contrario, llevarnos a la destrucción, moviendo al espíritu del hombre hacia una de estas tendencias.

Mociones del Espíritu Santo
Los movimientos que provienen del buen espíritu, las mociones del Espíritu Santo, son producto de nuestros deseos puestos por el Señor en nuestra mente (Fl.2:13) y van siempre acompañados de paz espiritual, pulcritud en nuestros actos y una permanente tendencia al bien común llegando a pensar en el sacrificio propio en beneficio de un tercero o quizás una comunidad toda.
El desapego de las cosas del mundo y el libre sometimiento a Dios, permite el libre movimiento del Espíritu Santo y lleva al hombre a alcanzar un grado máximo de comunión con Dios, lo que a su vez le permite cada vez mayor fuerza para resistir las tentaciones a las que permanentemente es sometido el hombre (“Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros” Stgo.4:7).
Conocer cuáles son las manifestaciones que acompañan al movimiento del Espíritu Santo, nos permiten discernir los momentos (que idealmente sean muchos) en que Él nos entrega una sensación de amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza (Gál.5:22), para que de esa manera podamos crecer y alcanzar la tan ansiada madurez espiritual. Para que conforme al propósito de Dios, cada uno también encuentre la forma de alabar a Dios permanentemente.

Mociones del mal espíritu.-
Lamentablemente, existen también las mociones del mal espíritu. Éstas también se llaman tentaciones o engaños y darles cabida significa que estamos al borde de la caída o siendo ya víctimas de ellas (Stgo.1:13-15). El apóstol Santiago nos dice que somos nosotros mismos, nuestros pensamientos más íntimos los que dan paso al movimiento del mal espíritu. Pero También muchas veces somos engañados por nuestra mente, con lo que podríamos llamar falsos frutos, pasiones que se confunden con amor puro, etc., sin considerar las herramientas que el maligno usa para engañarnos incluyendo personas que forman parte integral de las congregaciones (2°Co.11:13-15).
Las mociones o movimientos del mal espíritu provocan en las personas, oscuridad del alma, ansiedad, inquietud, agitaciones y tentaciones de altísima gravedad, como motivación al suicidio por ejemplo.
Síntesis.-
El discernimiento de espíritus nos permite distinguir entre el buen espíritu, origen de los movimientos interiores que provienen de Dios, y el espíritu maligno, que obra en contra de las cosas de Dios. Nos permite distinguir cuál es el origen de la voz interior que escuchamos: la del Espíritu Santo, la del maligno o la nuestra. Lo anterior incluye estar alerta con las voces externas que nos traen mensajes engañosos, con una verdad contaminada. No hay nada más peligroso que una mentira que tenga algo de verdad o una verdad expresada a medias.
Etapas en el discernimiento.-
Como es lógico suponer, el discernimiento tiene diferentes etapas a través de la vida del cristiano, etapas que no tienen relación con la edad cronológica de éste, sino con el crecimiento espiritual experimentado mediante el conocimiento y entendimiento de las cosas de Dios, por medio de la permanencia en sus caminos. Pero no una permanencia pasiva, sino una permanencia activa, en constante motivación a buscar las cosas del Reino y su comprensión integral, recorriendo las Sagradas Escrituras para descartar los engaños de falsos maestros y/o interpretaciones equivocadas o antojadizas, para exclusivo beneficio de quienes buscan ganancias deshonestas (2° Ti 3)
Hemos visto que ejercer el don de discernimiento no es nada fácil, las personas pueden auto engañarse o ser engañados, ante esto, es aconsejable compartir los pasos de vuestro discernimiento con su pastor o guía espiritual.
Discernimiento del llamado.-
Este es el tiempo en el que el Señor ha derramado su poder sobre su criatura y su amor quema como amor a primera vista. Es un estado de apasionamiento espiritual en el que no cabe lugar a dudas que es el Espíritu Santo quién mueve y atrae hacia sí y hace inimaginable cualquier otra alternativa. El alma sigue a lo que le es mostrado, tal como en su tiempo lo hicieran Mateo y Pablo por ejemplo.
Lo que el creyente experimenta es algo completamente nuevo, nunca antes había sentido nada igual, sin embargo tiene claridad absoluta del poder de Dios obrando en su vida. No hay dudas ni confusiones, ni puede haberlas. El maligno ha sido sorprendido y no ha tenido tiempo de tender sus redes engañosas, sólo Dios está hablando a su creación y ésta, ciegamente, le obedece; gozosamente le sigue y en medio de la euforia, la paz le embarga y la luz deja al descubierto lo que nunca antes se había visto.
Discernimiento del camino.-
Este es el tiempo cuando el creyente toma conciencia de las cosas a través de las experiencias que en el camino, diversos espíritus han causado en él gozos y tristezas. Es un tiempo de una gran agitación espiritual, pero que aún así permite comparar entre lo que le hace sentir en el Señor o alejado de Él. Discernir en este tiempo es una tarea complicada, el maligno ya ha tenido tiempo de montar sus estrategias y quiere confundir al cristiano, no reconoce su derrota y sigue luchando para recuperar al que perdió. Es muy importante la claridad del creyente en saber y conocer lo que le causa gozo espiritual y lágrimas y aquello que le hace sentir alejado de Dios.
En este tiempo el creyente toma muy en cuenta las diferentes alternativas que se presentan y analiza las ventajas y desventajas relativas al hacer o no hacer. Debe examinar cuales causan acercamiento o alejamiento de Dios, pero donde sus propias pasiones juegan un rol muy importante todavía en sus decisiones, su razonamiento es con apego a lo terreno.
Discernimiento de la puerta.-
En este tiempo, el creyente se encuentra a la puerta de la perfecta conversión, su fe es firme, su convicción es total, sus intereses están separados de toda pasión terrenal, toma las cosas en su beneficio en la medida que le son útiles para servir al Señor. Su estado espiritual es de sosiego absoluto y por sobre todo, sus razonamientos, son pensando en la suprema voluntad de Dios.
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2 parte
Durante mucho tiempo se ha asociado el discernimiento de espíritus, exclusivamente con lo paranormal o con lo demoníaco. Se ha caído casi en el misticismo, dejando de lado lo que nos enseña la Palabra de Dios. Es verdad que quién tenga el don podrá distinguir los espíritus impuros y también los que provienen de Dios. El primer espíritu que debemos distinguir es el espíritu que mora en nosotros y a qué nos está guiando. Ignacio de Loyola dice que en el ser humano se distinguen tres voces internas: la voz del buen espíritu que viene de Dios, la del mal espíritu que proviene del maligno y una tercera que proviene de nuestras propias inclinaciones (concupiscencias). Por la misma razón, Pablo ya había dicho: “Examinaos a vosotros mismos, para ver si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿O no os conocéis a vosotros mismos? ¿No sabéis que Jesucristo está en vosotros? ¡A menos que estéis reprobados!” (2ª Co.13:5) (cf. 1ª Co.11:31) [3]. Teniendo esta seguridad que nos da la fe de saber que lo que tenemos viene de Dios, estaremos en condiciones de discernir sobre los espíritus de otros. (Gál.6:1) “Pero el hombre natural no percibe las cosas de Dios, porque para él son locura; y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente”. (1ª Co. 2:14). “Porque ¿quién de entre los hombres conoce las cosas del hombre, sino el espíritu que está en él? Del mismo modo, nadie conoció las cosas de Dios, sino el espíritu de Dios”. (2ª Co.2:11). Por tanto, debemos tener muy claro cuál es la voz interior que estamos escuchando. ¿Será la voz de Dios, la de su enemigo o la nuestra? ¿Cuál es el espíritu que nos está guiando? Llegar a poder emitir este juicio requiere tener un vasto conocimiento del pensamiento cristiano, de las cosas del Señor. Dicho más claramente, pero más difícil: es tener la mente de Cristo (1ª Co.2:16), pensar como Cristo frente a cualquier tema de la vida. El Espíritu Santo que está en nosotros no es exclusivamente para el culto del día domingo, sino para que guíe toda nuestra vida en todos sus aspectos, de manera absolutamente integral (Gál.5:25).
Discernir sobre los espíritus que obran en otras personas es una labor en extremo delicada, especialmente que el hecho de discernir, implica que nos vemos en la necesidad de juzgar la calidad y/o condición de un espíritu en particular. No olvidemos que la Biblia nos aconseja no juzgar, porque con la medida que juzguemos, seremos juzgados.
Por otra parte, nuestra condición íntima y personal, se verá reflejada en nuestro juicio, en nuestra forma de discernir y podría resultar que el espíritu que pretendemos juzgar, resulte juzgándonos a nosotros y poniéndonos en evidencia, por causa de nuestras tentaciones. (2ª Co.13:5) (Gál.6.1). La condición de espiritualidad de cada persona, requiere que ésta se encuentre libre de todo apego a las cosas e ideas del mundo (Gál.5:24). Quizás sea esta la razón por la que tan pocos aspiran a tener este don, o quizás sea la necesidad de tener que reunir mucho conocimiento y entendimiento sobre el espíritu cristiano que podemos encontrar en las Sagradas Escrituras. Tal vez sea en realidad, ambas razones en su conjunto.
En todo momento debemos tener presente que en la Biblia se nos muestra que desde tiempos remotos, Dios ha hecho presente que el entendimiento es clave para el conocimiento de Él (Pr.1:7; 9:10). Por otra parte, también queda de manifiesto que sólo el conocimiento lleva al entendimiento y el entendimiento es directamente proporcional a la inteligencia o dicho de otra manera; a mayor inteligencia, mayor conocimiento y mayor entendimiento.
Mociones del espíritu.-
Las mociones o movimientos del espíritu son los deseos profundos del alma, provenientes de las ideas que hemos experimentado respecto de aquellas cosas que nos han llamado la atención ya sea de manera positiva o negativa y que pueden llegar a hacer de nuestra alma un árbol de mucho fruto, amor y paz o por el contrario, llevarnos a la destrucción, moviendo al espíritu del hombre hacia una de estas tendencias.
Mociones del Espíritu Santo.-
Los movimientos que provienen del buen espíritu, las mociones del Espíritu Santo, son producto de nuestros deseos puestos por el Señor en nuestra mente (Fl.2:13) y van siempre acompañados de paz espiritual, pulcritud en nuestros actos y una permanente tendencia al bien común llegando a pensar en el sacrificio propio en beneficio de un tercero o quizás una comunidad toda.
El desapego de las cosas del mundo y el libre sometimiento a Dios, permite el libre movimiento del Espíritu Santo y lleva al hombre a alcanzar un grado máximo de comunión con Dios, lo que a su vez le permite cada vez mayor fuerza para resistir las tentaciones a las que permanentemente es sometido el hombre (“Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros” Stgo.4:7).
Conocer cuáles son las manifestaciones que acompañan al movimiento del Espíritu Santo, nos permiten discernir los momentos (que idealmente sean muchos) en que Él nos entrega una sensación de amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza (Gál.5:22), para que de esa manera podamos crecer y alcanzar la tan ansiada madurez espiritual. Para que conforme al propósito de Dios, cada uno también encuentre la forma de alabar a Dios permanentemente.
Parte 3
Mociones del mal espíritu.-
Lamentablemente, existen también las mociones del mal espíritu. Éstas también se llaman tentaciones o engaños y darles cabida significa que estamos al borde de la caída o siendo ya víctimas de ellas (Stgo.1:13-15). El apóstol Santiago nos dice que somos nosotros mismos, nuestros pensamientos más íntimos los que dan paso al movimiento del mal espíritu. Pero También muchas veces somos engañados por nuestra mente, con lo que podríamos llamar falsos frutos, pasiones que se confunden con amor puro, etc., sin considerar las herramientas que el maligno usa para engañarnos incluyendo personas que forman parte integral de las congregaciones (2°Co.11:13-15).
Las mociones o movimientos del mal espíritu provocan en las personas, oscuridad del alma, ansiedad, inquietud, agitaciones y tentaciones de altísima gravedad, como motivación al suicidio por ejemplo.
Síntesis.-
El discernimiento de espíritus nos permite distinguir entre el buen espíritu, origen de los movimientos interiores que provienen de Dios, y el espíritu maligno, que obra en contra de las cosas de Dios. Nos permite distinguir cuál es el origen de la voz interior que escuchamos: la del Espíritu Santo, la del maligno o la nuestra. Lo anterior incluye estar alerta con las voces externas que nos traen mensajes engañosos, con una verdad contaminada. No hay nada más peligroso que una mentira que tenga algo de verdad o una verdad expresada a medias.
Etapas en el discernimiento.-
Como es lógico suponer, el discernimiento tiene diferentes etapas a través de la vida del cristiano, etapas que no tienen relación con la edad cronológica de éste, sino con el crecimiento espiritual experimentado mediante el conocimiento y entendimiento de las cosas de Dios, por medio de la permanencia en sus caminos. Pero no una permanencia pasiva, sino una permanencia activa, en constante motivación a buscar las cosas del Reino y su comprensión integral, recorriendo las Sagradas Escrituras para descartar los engaños de falsos maestros y/o interpretaciones equivocadas o antojadizas, para exclusivo beneficio de quienes buscan ganancias deshonestas (2° Ti 3)
Hemos visto que ejercer el don de discernimiento no es nada fácil, las personas pueden auto engañarse o ser engañados, ante esto, es aconsejable compartir los pasos de vuestro discernimiento con su pastor o guía espiritual.
Discernimiento del llamado.-
Este es el tiempo en el que el Señor ha derramado su poder sobre su criatura y su amor quema como amor a primera vista. Es un estado de apasionamiento espiritual en el que no cabe lugar a dudas que es el Espíritu Santo quién mueve y atrae hacia sí y hace inimaginable cualquier otra alternativa. El alma sigue a lo que le es mostrado, tal como en su tiempo lo hicieran Mateo y Pablo por ejemplo.
Lo que el creyente experimenta es algo completamente nuevo, nunca antes había sentido nada igual, sin embargo tiene claridad absoluta del poder de Dios obrando en su vida. No hay dudas ni confusiones, ni puede haberlas. El maligno ha sido sorprendido y no ha tenido tiempo de tender sus redes engañosas, sólo Dios está hablando a su creación y ésta, ciegamente, le obedece; gozosamente le sigue y en medio de la euforia, la paz le embarga y la luz deja al descubierto lo que nunca antes se había visto.
Discernimiento del camino.-
Este es el tiempo cuando el creyente toma conciencia de las cosas a través de las experiencias que en el camino, diversos espíritus han causado en él gozos y tristezas. Es un tiempo de una gran agitación espiritual, pero que aún así permite comparar entre lo que le hace sentir en el Señor o alejado de Él. Discernir en este tiempo es una tarea complicada, el maligno ya ha tenido tiempo de montar sus estrategias y quiere confundir al cristiano, no reconoce su derrota y sigue luchando para recuperar al que perdió. Es muy importante la claridad del creyente en saber y conocer lo que le causa gozo espiritual y lágrimas y aquello que le hace sentir alejado de Dios.
En este tiempo el creyente toma muy en cuenta las diferentes alternativas que se presentan y analiza las ventajas y desventajas relativas al hacer o no hacer. Debe examinar cuales causan acercamiento o alejamiento de Dios, pero donde sus propias pasiones juegan un rol muy importante todavía en sus decisiones, su razonamiento es con apego a lo terreno.
Discernimiento de la puerta.-
En este tiempo, el creyente se encuentra a la puerta de la perfecta conversión, su fe es firme, su convicción es total, sus intereses están separados de toda pasión terrenal, toma las cosas en su beneficio en la medida que le son útiles para servir al Señor. Su estado espiritual es de sosiego absoluto y por sobre todo, sus razonamientos, son pensando en la suprema voluntad de Dios.

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